jueves, 17 de junio de 2010

vanidad y taichi




Toda labor divulgativa e instructiva tiende a sacar el lado más vanidoso de cada cual. El hecho de sentirse escuchado con atención, de saberse observado y de influir, en cierta medida, sobre la opinión de los demás, hace que caigamos con facilidad en el cenagoso terreno de la vanidad, donde uno queda atrapado creyéndose libre.

En el taichi, la situación invita en sobremanera a ser vanidoso. Prueba de ello son las innumerables escuelas en las que el profesor posa orgulloso acompañado de maestros chinos con luminosos trajes, en posturas semi-acrobáticas o con armas intimidatorias como el sable o la alabarda: Auténticos repertorios del ego que a muchas personas podrían servirles de estímulo a su autoestima pero que, en estos casos, sólo sirven para enorgullecer a una personalidad que ya está lo suficientemente enorgullecida.

En verdad que cuesta mucho ser humilde cuando impartes taichi. Difícil impedirse a sí mismo el hacer demostraciones irrelevantes de "ese movimiento que nos sale tan bien". Complicado no jactarse de la "tremenda percepción del flujo energético" y demás cosas por el estilo. Y ya no vamos a mencionar esos alardes al hacer empuje de manos con algún alumno que se deja hacer de todo, cual muñeco de trapo. Trabajarse la humildad es, con mucha diferencia, la tarea personal que mayor necesidad tenemos quienes nos dedicamos a este tipo de labores pedagógicas.

Por ello, es preciso tomar conciencia de algo fundamental: Para ser escuchado, hay que escuchar; para ser obedecido, hay que obedecer; para mandar, hay que saber servir. Realmente, todos los que impartimos clases de taichi, somos los sirvientes de quienes demandan la enseñanza de este grandioso arte corporal. Prestamos un servicio, más o menos remunerado, y esta posición no debe jamás eclipsarse con actitudes como la de no querer dar clase a quien no sea "digno de la enseñanza" o ignorar a quienes "no demuestran el suficiente respeto". El taichi se ha convertido, afortunadamente, en un patrimonio de la humanidad, y al que todo el mundo debería poder acceder con facilidad. Ese es nuestro principal cometido: servir a quienes demandan su práctica.

jueves, 10 de junio de 2010


A menudo me he preguntado, siendo alumno, porque no me eran transmitidas algunas enseñanzas que a otros alumnos sí les eran otorgadas. No era cuestión de veteranía, ni de respeto, aunque ambas son importantes para acceder a algunos conocimientos, sino una cuestión de predisposición. Si el alumno no está predispuesto a asimilar algo, da igual las veces que se lo repitas, eso que se le quiere enseñar jamás le llegará.

Cuando llevas muchos años siendo instructor, aprendes que el lenguaje corporal de los alumnos muestra como sus mentes reaccionan al tema del que les hablas. En los gestos faciales y en la pose se leen aprobaciones, desacuerdos, fascinación y repulsión por lo que dices. No hace falta que sea verbalizado. Esto hace que, al hablar de un tema concreto, tiendas a extenderte en el mismo o ha dejar de profundizar, en función de la predisposición o ausencia de ella que exista entre los oyentes. Es una acto reflejo que todos realizamos. Si al contarle a un amigo lo que hemos vivido en vacaciones, se pone a bostezar y a mirar hacia otro lado, no nos invita a seguir hablando, pues no crea la predisposición necesaria para ello. Los instructores de taichi, como humanos que somos, actuamos de la misma manera.

A pesar de ello, y aún en contra de las muecas labiales que el alumnado exhiba, procuro siempre transmitir aquello que quiero transmitir y, una vez expresado, valoro subjetivamente si existe o no la predisposición suficiente para extenderme más en el asunto. Es por eso que, tras comenzar a realizar una nueva rutina, decido a veces dejar de hacerla a la espera de un mayor interés. Pues tener que aprender algo sin interés no sólo es aburrido, además resulta extremadamente frustrante.

"Todo lo que recibimos, lo recibimos cuando hemos realizado la apertura adecuada para integrarlo en nosotros mismos."