jueves, 10 de junio de 2010


A menudo me he preguntado, siendo alumno, porque no me eran transmitidas algunas enseñanzas que a otros alumnos sí les eran otorgadas. No era cuestión de veteranía, ni de respeto, aunque ambas son importantes para acceder a algunos conocimientos, sino una cuestión de predisposición. Si el alumno no está predispuesto a asimilar algo, da igual las veces que se lo repitas, eso que se le quiere enseñar jamás le llegará.

Cuando llevas muchos años siendo instructor, aprendes que el lenguaje corporal de los alumnos muestra como sus mentes reaccionan al tema del que les hablas. En los gestos faciales y en la pose se leen aprobaciones, desacuerdos, fascinación y repulsión por lo que dices. No hace falta que sea verbalizado. Esto hace que, al hablar de un tema concreto, tiendas a extenderte en el mismo o ha dejar de profundizar, en función de la predisposición o ausencia de ella que exista entre los oyentes. Es una acto reflejo que todos realizamos. Si al contarle a un amigo lo que hemos vivido en vacaciones, se pone a bostezar y a mirar hacia otro lado, no nos invita a seguir hablando, pues no crea la predisposición necesaria para ello. Los instructores de taichi, como humanos que somos, actuamos de la misma manera.

A pesar de ello, y aún en contra de las muecas labiales que el alumnado exhiba, procuro siempre transmitir aquello que quiero transmitir y, una vez expresado, valoro subjetivamente si existe o no la predisposición suficiente para extenderme más en el asunto. Es por eso que, tras comenzar a realizar una nueva rutina, decido a veces dejar de hacerla a la espera de un mayor interés. Pues tener que aprender algo sin interés no sólo es aburrido, además resulta extremadamente frustrante.

"Todo lo que recibimos, lo recibimos cuando hemos realizado la apertura adecuada para integrarlo en nosotros mismos."