jueves, 2 de septiembre de 2010

La hora del taichi


Es sutil, muy poca gente se puede dar cuenta. Estoy en la cola del supermercado y de forma casi imperceptible flexiono mis rodillas, hago bascular la pelvis y asiento mi posición en la fuerza de las piernas. La planta del pie se expande en el suelo, relajando todos los tendones y abriendo las articulaciones que unen sus 26 huesos. Con disimulo, visualizo una línea vertical a lo largo de toda la columna con objeto de enderezar el eje de equilibrio y, de esta forma, se van aflojando las tensiones de la espalda. Abro la mano, con suavidad, como si no quisiera realmente abrirla, y la sensación de flujo sanguíneo (energía, que dirían algunos) va llenando todos los dedos...

Llega un momento en que no necesitas tener una hora específica para hacer taichi. Cualquier lugar en el que estés de pie te puede servir para trabajar los fundamentos posturales de este arte. Puedes combinar la respiración, dirigir la conciencia a la parte del cuerpo que desees e incluso, si tienes espacio para ello, jugar a cambiar el peso de una pierna a otra sin perder la estructura. Y todo esto sin alardes, sin figuras ostentosas ni una pose mística.

Integrar el taichi en la vida diaria es mucho más fácil de lo que pueda parecer al principio. Sí que es fundamental entender los aspectos posturales, porque ellos son los que posibilitan la estructura corporal correcta, desde la cual afrontar cualquier tarea física, por compleja que sea. Si el taichi se entiende como la mera memorización de unas coreografías donde el recorrido de los movimientos es lo prioritario, estaremos confundiendo la "apariencia" del taichi con la "esencia" del taichi, desde la cual se puede realizar cualquier rutina de movimientos.

Al igual que muchas otras cosas en la vida, en el taichi es mucho más importante lo que no se ve, que lo que aparece a simple vista.