lunes, 31 de enero de 2011

no abraces el árbol, se el árbol


La primera vez que me dijeron que practicar una postura estática, como la denominada "abrazar el árbol", incrementa la fuerza y vitalidad, mi escepticismo fue evidente. Me costaba entender que permanecer 30 o 40 minutos al día quieto en una misma posición, pudiera provocar cambios significativos en mi potencia muscular. Pero también sabía que, en el Taichi, muchas cosas son realmente paradójicas, como ese principio que dice: "De la máxima suavidad surge la máxima fuerza."

La posición que muchos conocemos como "abrazar el árbol" se denomina en chino "zhan zhuang" y se podría traducir como "estar de pie como un poste", lo que hace alusión directa a la quietud y a la estabilidad vertical.

Muchos usan esta postura como un método de meditación activa, en el cual se relaja la mente a la vez que se fortalece el cuerpo. Su ventaja principal es que, al mantener una actividad muscular, sobre todo en brazos y piernas, el cuerpo genera calor y favorece el flujo vascular por todo el organismo, es decir, aumenta la energía vital. Por ello se le conoce como un tipo de qi-gong y se le denomina "zhan zhuang gong".

El desafío que se plantea al adoptar la posición surge cuando uno lleva varios minutos, y comienzan a manifestarse diversas molestias que no son más que las expresiones del cuerpo para señalarnos donde tenemos tensión acumulada. A pesar del esfuerzo que se realiza, la sensación ha de ser de relajación, pero no de una relajación flácida que tienda a desmoronar el cuerpo, sino de una relajación expandida, que permita la apertura de las articulaciones y no su compresión.

Al llegar a ese punto de relajación, nos volvemos más sensibles y receptivos con las señales del cuerpo y, aunque resulte un poco sádico, es conveniente ser capaz de aguantar cierto tiempo esas molestias para aprender qué nos quiere decir el cuerpo con ellas. A veces, las molestias se diluyen al inducir mayor relajación, pero otras veces las molestias aumentan, denotando que en esa zona concreta donde se producen, la tensión es elevada y lleva ahí mucho tiempo instalada.

Hay ocasiones, cuando adopto esta postura, que me imagino que realmente soy un árbol, incapaz de moverme, pero totalmente perceptivo a lo que sucede a mi alrededor y a lo que sucede en mi interior. Recibiendo mensajes del entorno y del cuerpo que no siempre son comprensibles, pero que siempre aportan algo. Es entonces cuando dejo de abrazar el árbol y comienzo a ser un árbol; estático, erguido, expandido, sensible...