lunes, 14 de noviembre de 2011

la no-dualidad del combate


Este pasado fin de semana realizamos en nuestra escuela, el "centro eltai", un curso sobre aplicaciones marciales del Tai-chi-chuan. La intensa práctica, en la cual hemos combinado rutinas en solitario y trabajo en parejas, me ha conducido a extraer una serie de conclusiones, de esas que sólo surjen cuando dejas de pensar y te fundes completamente con eso que realizas.

"Cuando ves un oponente frente a ti, tú te conviertes en tu propio oponente".
En el instante en que ves un rival, ves una amenaza y entonces, surge el miedo: al dolor, a la derrota, a la humillación, etc. Y ese miedo crea las tensiones que limitan los movimientos, que bloquean el cuerpo y que provocan, precisamente, que cuando nos agarren o nos empujen, surja el sufrimiento.

"Cuando piensas en lo que vas a hacer, no fluye la acción, se fuerza".
La mente está ansiosa por realizar la técnica perfecta, el empuje que saque despedido al oponente o la inmovilización que le haga implorar nuestra clemencia. Tal es el ego de nuestra mente..., pero sólo cuando abandonamos este tipo de deseos en los que establecemos una radical dualidad entre el otro y uno mismo, la acción surge sin forzarla. El movimiento emerge fluido y sin interrupción, la acción deja de ser acción.

"Cuando aceptas una agresión, ésta comienza a disolverse".
Si alguien te está empujando, esa fuerza que ejercen sobre ti puede dañarte e incluso bloquearte, a no ser que aprendas a aceptarla y absorverla. Sólo cuando un empuje encuentra un punto de apoyo, su fuerza puede provocar un daño. Si eres capaz de aceptar esa fuerza, descubres que lleva una dirección y un movimiento con el cual te puedes fundir, que lo puedes continuar hasta darle una salida y permitir que pase por tu cuerpo sin provocar agresión alguna. Si no hay oposición, no hay agresión.

"El miedo a perder es la verdadera perdida".
En definitiva, si la mente se concentra en evitar la derrota, esta irá produciendose de forma paulatina y dolorosa. Por eso es tan importante trascender la dualidad y Entender que el otro y uno mismo son dos manifestaciones de una misma fuerza: la clave para no establecer vencedor ni vencido, atacante y defensor, agresor y agredido. En cuanto uno ve un enemigo, ya ha perdido. ¿Qué ha perdido? Igual no el combate, pero si la conciencia de unidad, de reciprocidad, de complementariedad, de armonía que intenta reflejar el milenario símbolo del "yin-yang", esencia del Taichi.

"Cuando por fin se comprende la dualidad,
esta deja de existir
y la mente retorna a la calma del vacío".


...

miércoles, 2 de noviembre de 2011

desarraigo


En Taichi, la capacidad de "enraizarse" o "arraigarse" consiste en crear una posición tan estable y equilibrada que, aunque alguien nos empuje, podamos mantenerla sin crear una fuerza que contrarreste tal empuje. Desde una perspectiva estrictamente biomecánica, se trata de alinear las articulaciones del cuerpo para que toda presión pase a través de ellas sin forzarlas ni bloquearlas. Una vez alineado el cuerpo, es preciso canalizar esa empuje mediante la relajación, y no mediante una fuerza que compita con el mismo.

Cuando el Taichi carece de una buena estructura corporal y del primordial componente de relajación, nos hallamos ante una situación que puede ser vistosa o llamativa, pero que se caracteriza por el "desarraigo". Desde fuera puede dar la sensación que la postura es buena y que la técnica es impecable, pero sólo cuando se evalúa la posición mediante el empuje adecuado, se puede realmente saber si el practicante está realmente "enraizado". Estos dos elementos (control postural y relajación) son fundamentales para que el ejercicio realizado pueda ser denominado Taichi, y no una mera coreografía de movimientos de connotaciones más o menos marciales.

Si lo observamos desde una perspectiva más poética, se trataría de echar las raíces en la tierra, como si fuéramos un árbol, y canalizar hacia ella toda agresión que pudieran ejercer sobre nosotros. Toda esa energía violenta que necesita ser descargada el suelo, para poder volver a crear la armonía entre quien empuja y quien es empujado.