jueves, 27 de septiembre de 2012

lo fácil, lo difícil y lo "difácil"

El proceso de aprendizaje del Taichí se puede dividir en tres fases, no siempre claramente diferenciadas, pero que siguen con frecuencia el siguiente esquema:

Al comienzo de la práctica, el Taichí parece sugerente, pintoresco, peculiar, incluso algo folclórico. Muchas de sus ideas resultan atractivas y ver la armonía de sus movimientos, aunque a uno no le salgan, induce a la relajación y al calma. De esta forma, uno comienza a practicar, pues parece FÁCIL.

Al de un tiempo, que según el tipo de alumnos puede oscilar desde unos pocos minutos hasta varias semanas, uno se enfrenta a una serie de situaciones realmente incómodas: Al poner conciencia en el cuerpo, se perciben más señales de dolor de las que cabría esperar; hay que realizar los movimientos de una forma excesivamente lenta; se está parado más tiempo del que uno desearía estar, etc. Esta fase, que yo denomino de confrontación, es la que pone al alumno frente a sus tensiones, sus inquietudes y su falta de autocontrol (tanto físico como mental) y es la fase en la que muchos "tiran la toalla", la fase DIFÍCIL.

Si se supera esta fase, se entra en la que podríamos llamar la fase "DIFÁCIL", porque muchas de las cosas que parecían difíciles, a base de practicarlas se vuelven espontáneas y naturales. Es entonces cuando se empieza a disfrutar el Taichí y a sacarle partido. Las rutinas siguen precisando concentración y siguen siendo complejas, pero la atención y el abandono hacen que resulte "difáciles",es decir, que con una práctica constante y regular, el movimiento fluye aunque la mente tenga que poner toda su conciencia en ello. Sólo cuando se llega a esta fase, el Taichí resulta realmente productivo.

Lo curioso es que esta última fase pasa a ser una nueva primera fase, en la que todo vuelve a ser fácil, iniciándose el proceso de nuevo... Pero de eso ya hablaremos en próximos artículos.