martes, 9 de abril de 2013

Lo que debería haber enseñado (pero no lo hice)


Si hay algo que debería haber enseñado, pero no lo hice, es a dar la importancia suficiente que poseen, intrínsecamente, muchas prácticas. Cuando bromeas sobre aspectos de la enseñanza que pueden suponer un cambio radical para la vida de las personas, estás minimizando su carácter trascendente y, en definitiva, mermando el posible efecto positivo que esta enseñanza pueda ejercer.

Desde este punto de vista, y con afán de hacer más asequibles algunos conceptos, a menudo los he planteado de forma tan distendida, que no he conseguido que mis alumnos les den la importancia suficiente. Ahora veo que es fundamental el sentido de los símbolos y de los rituales (como el saludo, la etiqueta, y el respeto a los momentos de silencio) para que algunas prácticas se manifiesten en toda su dimensión.

Si un instructor bromea sobre determinada práctica, el alumno tenderá, consecuentemente, a adoptar una actitud banal en el desarrollo de la misma. Por eso, uno siempre tiene los alumnos que se corresponden con su forma de impartir las clases. Tal es su influencia, consciente o inconsciente.

Otro aspecto que siempre me ha costado mucho enseñar, y muy relacionado con el primero, ha sido el relacionado con lo espiritual. He tendido a pensar que lo espiritual es algo personal, una experiencia individual que cada uno afronta a su manera y que, hasta quienes se considerar ateos o anti-espirituales, adoptan una forma concreta de afrontarlo. Para mí, la parte espiritual va íntimamente vinculada a tres aspectos:
  • ·        El desarrollo del ser, de cara a sacar el máximo potencial de uno mismo. tanto físico (salud), como mental (atención, memoria, lógica, etc.)
  • ·        Mantener unas relaciones fluidas y sin fricciones con los demás.
  • ·        Acceder a unos conocimientos (¿sabiduría?) de forma diferente a la mera absorción de datos o ideas intelectuales.

Estos tres aspectos dirigen, de forma casi inevitable, a un estado de calma interior, de tranquilidad y de autoconocimiento, que permiten afrontar las distintas eventualidades de forma tranquila, consciente y eficaz.

Pretender enseñar cosas como estas quizá pueda parecer ambicioso, pero ahora, echando la vista atrás, creo que es algo que he tendido a dar por sentado en mis alumnos, cuando realmente no se daba en clase tal “actitud espiritual”, ni por mi parte ni, consecuentemente, tampoco por la suya.


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