lunes, 16 de octubre de 2017

defensa personal, pero no a cualquier precio

Los aspectos marciales del Taichí desarrollan, más que aprender a pelear, una manera de aprender a defenderse y a canalizar la agresividad que pudieran ejercer sobre nosotros. Lo que se práctica no es un combate propiamente dicho, sino una forma de gestionar la violencia, tanto la del otro como la propia.

Que al trabajar en pareja surjan tensiones, puede ser un signo del miedo que hay dentro de cada cual, y que se manifiesta corporalmente con la contracción involuntaria de músculos, innecesarios para el movimiento que se está realizando. Y éste es, sin duda alguna, el primer y más valioso componente de la práctica del tui-shou, o entrenamiento de Taichí con el contacto físico de un compañero: Tomar conciencia de las tensiones que, por una u otra razón, se generan de forma espontánea, y acaban provocando contracturas en la musculatura.

Adquirir una método de defensa personal con el Taichí es factible, aunque implica mucho más tiempo, atención y constancia que otros métodos más directos y prácticos. Además, lograr que el Taichí sirva a efectos defensivos no pasa por aprender técnicas específicas y aplicarlas de forma lo más contudente posible, ya que lo prioritario es que todo movimiento que realicemos no genere tensiones en nuestro organismo.

Para entenderlo con una metáfora..., uno puede querer ser millonario, y querer tener un poder adquisitivo que le permita comprarse todo aquello que desea. Pero cada uno establece, de forma consciente o inconsciente, unos criterios éticos que está dispuesto a preservar. Por ejemplo, no basar su riqueza en la explotación de mano de obra infantil, o en la contaminación del medio ambiente. Con el Taichí pasa algo parecido. A muchos nos gusta tenerlo no sólo como una disciplina que fomente la salud, sino también como un método de defensa personal, pero no a cualquier precio. Y el precio que no estamos dispuesto a pagar aquellos que nos hemos implicado en este arte, es la acumulación de tensiones.

Porque el objetivo, al fin de al cabo, es obtener un bienestar lo más continuo y permanente posible, y no tanto una destreza marcial que, probablemente, no podamos usarla más que en contadas ocasiones a lo largo de nuestra vida. E incluso, si uno sabe eludir las confrontaciones físicas directas de forma consciente, puede que jamás tenga que usar tales habilidades.